domingo, 11 de octubre de 2009

LA LOCURA DESDE EL LADO MÁS SUBLIME




















http://www.larepublica.pe/archive/all/domingo/20091011/17/pagina/1558

LA LOCURA DESDE EL LADO MÁS SUBLIME

El mítico líder de Leusemia y trovador predilecto de la escena subte del rock peruano impregna sus canciones de alusiones permanentes a desvaríos y manicomios. Aquí un diálogo intimista sobre las raíces de este afán por lo irracional que, como toda locura, roza sus quejas por el suicidio de un rock star hasta su temor disimulado por César Vallejo.




Por Ghiovani Hinojosa

Fotos Eduardo Cavero

En una versión tuya en vivo de la canción “De cartón piedra”, de Joan Manuel Serrat, que trata de un hombre que se enamora de un maniquí, reniegas del pesimismo de los cuerdos y elogias el optimismo de los locos. ¿Qué es la locura para ti?

–Tomo la locura desde el lado más sublime: como utopía, idealismo, sueño. Todos los grandes románticos que dieron la vida por algún ideal son considerados locos. Este tipo de locura es el que admiro y que me emociona mucho.

–Pero también está presente en tu obra el desvarío como un rasgo clínico, psiquiátrico.

–Para hacer “Hospicios” (2004), un disco centrado totalmente en la locura, visité el Larco Herrera, el Noguchi y el Hospital Militar con el fin de empaparme del ambiente de los pasadizos oscuros y del desquicio de los pacientes. Los títulos de las canciones son sencillamente la visión del que ingresa a un manicomio y ve “El hombre que no podía dejar de masturbarse”, “La mujer que alguna vez se quiso suicidar” o “El hombre que le cantaba a la Luna”. No hay nombres propios.

–¿Te identificaste con ellos?

–No, simplemente el meollo de la obra comenzó a girar en torno a mí. Muchas piezas de “Hospicios” ya estaban conceptuadas en 1999; solamente faltaba darles el barniz final.

–¿Piensas que la locura también puede ser una postura forzada?

–Al final, la locura es sólo una palabra. Lo que importa son los actos: si un loco, con su locura, salva a tres niños de un incendio, bienvenidos sean los locos.

Cobain, ese cobarde

–En la canción “Vesania”, afirmas que “la locura está presa entre estas mis venas y en este amor irremediable, en esta locura que aún tú no sabes”. ¿Qué hay detrás de esta frase?

–El único afán allí es mostrar que querer tanto a una persona me puede volver loco. Aunque no creo que esto pase de verdad. En realidad, yo no pensaba vivir tanto tiempo. Yo calculaba, como muchos jóvenes de mi época, llegar a los 25 años, y se acabó. En la adolescencia todos piensan así y yo no fui la excepción. Pero he dejado el suicidio por ella, una chica que conocí. Opté por la locura de vivir. Para mí, la vida es una locura.

–¿La otra opción también era una locura?

–Claro, pero más que una locura –que me disculpen todos los suicidas– era una tontería. El suicidio no es un buen remedio, genera dolor en los que te quieren realmente.

–Pero esto lo has aprendido con el tiempo.

–Todo se aprende con el tiempo. Cuando murió Kurt Cobain (Nirvana), Rafo Ráez compuso una hermosa canción titulada “No te perdono tu muerte”. Yo no creo que alguien le perdone la muerte a Kurt Cobain. A mí simplemente me llegó al pincho. ¿Por qué? No es que quiera igualarme, pero tanto él como los que estamos en el Perú somos músicos. Y él logró lo que aquí hubiéramos querido conseguir: vendió millones de discos, ganó millones de dólares; tuvo la vida a sus pies. Y el huevón se mató.–¿Qué hay de sus demonios internos?

–¿Qué demonios puedes tener? ¡No puede ser! (indignado).

–Pero no todo es fama y dinero.

–Si yo tengo eso, ya no existen los demonios. Logras lo que quieres: estás haciendo música revolucionaria que da la vuelta al mundo y crea una nueva escuela. No te puedes matar.

–¿Sabías que él fue bipolar?

–No, ni me interesa. Hay millones de grupos jóvenes y no tan jóvenes en todo el mundo que buscamos conseguir un centímetro de lo que él logró. Hubiéramos sido muy felices con ese centímetro. Su muerte es un insulto a todos los que peleamos por hacer música.

–Algunos artistas se creen condenados a la infelicidad.

–Esto es un chiste. El himno de la escena punk neoyorkina del 76 y el 77 –The New York Dolls, The Ramones, Patty Smith– fue “Born to lose” (nacido para perder). Si llegaron al mundo para perder, ¿qué le quedó? Drogarse y morirse. Decir que uno ha nacido para perder es un discurso muy fácil y egoísta. Yo he nacido para pelear. Creo que hay que sacarle la mierda a la mierda, luchar contra todo aquello que ensucia el camino. Para empezar, hay que darle un espacito al vecino y andar todos juntos.–Este último es un mensaje muy cristiano.

–Ah sí, soy cristianazo. Soy un creyente sin creer. Soy un cristiano sin Cristo y sin Dios. Leo mucho a los santos, sobre todo a San Francisco de Asís, que es uno de mis ídolos, junto con Diógenes y Oscar Wilde.

Felicidad de manicomio

–En tu cuento “El señor Leinad” (Daniel al revés), retratas una afición familiar por los juegos, pero hay pocas referencias musicales, ¿por qué?

–Es un escrito de finales de los 70, antes de que sea músico. Es el encuentro entre el Daniel chibolo y el Daniel viejo. Sí hay algunas alusiones musicales: por ejemplo, el papá del protagonista es una estrella de rock muy popular que, tras ser estafado por la industria, termina viviendo en un manicomio. Lo dejan dormir allí con la condición de que le enseñe a tocar guitarra a los internos.

–Una vez más, la locura toca tu obra.

–Sí, es que yo siempre aluciné vivir así. Cuando era chico y proyectaba mi futuro, pensaba ser un soldado conscripto, es decir, engancharme y reengancharme perpetuamente al Ejército. Visualizaba toda mi vida en el cuartel, sin preocuparme de nada. Siempre he sabido que mi físico no es muy agraciado. Y los únicos que no se fijarían en mi físico son los locos. Entonces, yo viviría muy bien y muy tranquilo en un manicomio, entre locos, porque ellos no me ven, pues están inmersos en su locura.

–Ellos no juzgan.

–Son como los animales. Mis tres gatos, por ejemplo, deben pensar que yo soy maravilloso, no están viendo si soy feo o bonito.

–Pocos saben que has publicado “Los sumergidos pasos del amor”, un detallado compendio de la historia rockera peruana, ¿cómo nació este proyecto?

–Me demoré 10 años en hacerlo. A fines de los 80, cuando el rock subterráneo se volvió tema recurrente de tesis universitarias y conversatorios, los investigadores me visitaban. Y me llegaba tener que contarle a todo el mundo la misma historia. Me daba ganas de mentir. Entonces, reuní todas las preguntas que me hacían e hice un tratado, escrito, ensayo o no sé cómo le llaman a esa cosa. Lo publiqué el 2007 en Cajamarca.

–Tu libro tiene tres títulos y los nombres de tus canciones son largos y enrevesados, ¿por qué?

–Porque me divierte poner títulos que nadie entiende, ni yo. Me burlo de lo intelectual y por eso elijo nombres largos, como los de los tratados científicos.

El peligroso de Vallejo

–Creo que César Vallejo es el poeta de la belleza, cualquiera de sus versos son de puta madre. No hay pierde con ese huevón.–¿Te acuerdas de alguno que te atraiga especialmente?

–No soy de esos que se saben las canciones y los poemas de memoria, o que recuerdan los artículos completos de Mario Vargas Llosa. No guardo mucho a Vallejo.

–Tu disfrute literario es fugaz.

–Es que no quiero terminar componiendo canciones que parezcan Vallejo. Yo trato de ser yo todo el tiempo y Vallejo es una influencia muy fuerte. Es una belleza muy peligrosa.

–En “Los dados eternos”, por ejemplo, él se dirige en un tono dramático a Dios y le recrimina conocer muy poco los conflictos humanos.

–Sí, pero el que Vallejo haya escrito poesía atormentada no significa que haya sido un tipo atormentado. El cómico no va por la calle contando chistes. Hay un estereotipo del sujeto siempre sombrío.

–¿Crees que contigo pasa algo similar?

–Claro, yo libro una batalla constante contra las alucinaciones de la gente respecto de mí. Es una pelea muy desigual en la que siempre pierdo. Quien me escucha o me lee imagina que soy un tipo muy atormentado que vive flotando en el espacio. Y, de pronto, me ve caminando por la calle todo pastrulo, mal vestido y hablando feo; y se decepciona.

–También está el mito del F romántico.

–Yo estoy todo el tiempo enamorado, pero por eso no voy a andar repartiendo corazones y flores a todo el mundo. Basta con estar vivo.

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Perfil:

• Nombre: Daniel Augusto Valdivia Fernández (autocalificado Daniel F, “por feo”).

• Edad: 48 años.• Novia: Sí.

• Barrio: Miraflores.

• Afición: Jugar Counter Strike en red y diseñar afiches y portadas con Photoshop.

• Conciertos memorables: “Hospicios” sinfónico (Parque de la Exposición, 2005) y debut inesperado de Leusemia (La Caverna del Centro de Lima, 1983).

• Última placa solista: “El zafiro de las galas” (2007).

• Hoy: Escribe un libro sobre sus inicios musicales dedicado a su familia.

• Siguiente pogo de Leusemia: 24 de octubre, con las bandas 2 Minutos (Argentina), Inyectores, Terreviento y Serial Asesino, en Los Olivos.

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Vallejo: textos rescatados por Abelardo Oquendo - Diario La República domingo 11 oct 2009 -


Por Abelardo Oquendo

Carlos Fernández y Valentín Gianuzzi, dos jóvenes investigadores, han publicado un volumen de interés para los estudiosos: César Vallejo Textos Rescatados (Universidad Ricardo Palma, Lima, 2009). Se trata del adelanto de un trabajo en marcha que augura valiosos resultados si se juzga por esta primera entrega y por lo que ya llevan avanzado del proyecto El Archivo Vallejo, una edición digital y facsimilar de las obras completas del poeta, de las cuales hay ya una parte en la red (http;//archivovallejo.wordpress.com).
La suya es una empresa de claro servicio cultural para la que es imprescindible la colaboración de bibliotecas y archivos institucionales y privados.
La vienen obteniendo, e incluso becas puntuales de entidades (hasta ahora foráneas: la London University y la Caixa Galicia entre ellas). Pero también han debido afrontar obstáculos, v. gr. el de los intangibles de la Biblioteca Nacional, que no debería regir para investigadores, a menos que se adopte la versión más aberrante del perro del hortelano.Los principales, y plausibles, propósitos de Fernández y Gianuzzi parecen estos: a) proponer desde la perspectiva documental vallejiana “una nueva relación con lo que tradicionalmente se ha considerado como testimonios” –dicen–, y b), más ambicioso, trazar la biografía intelectual de Vallejo, que hace falta.

Palabras de carne, letras, hueso y alma




http://www.lapatria.com/Noticias/ver_noticia.aspx?CODNOT=77985&CODSEC=17


Palabras de carne, letras, hueso y alma

La fidelidad a la poesía, los sentimientos, la existencia, la muerte y los recuerdos configuran el mundo poético de Alonso Aristizábal. Es un largo recorrido por los lugares del largo camino de la vida. Tampoco escapa de su temática la gente pobre. Expresiones. Guillermo Alberto Arévalo* - Papel Salmón



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El escritor y docente de la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad Nacional sede Bogotá Alonso Aristizábal tiene libros de ensayo, novela y cuento, pero es la primera vez que publica uno de poesía.
Foto/Archivo personal/Papel Salmón
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Poemas caminos por la tierra, (Ícono, Bogotá, 2008) el más reciente libro de Alonso Alonso Aristizábal, ya conocido como crítico y narrador, menos como poeta, lo eleva a esa categoría que escribió Paz para iniciar uno de sus mejores libros de ensayos, El arco y la lira (Paz, F.C.E., México, 1982, p.13): “La poesía es plegaria al vacío, diálogo con la ausencia, el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan”. Es sabido que existe algo llamado fidelidad a la expresión poética, que no a todos les es dado. Pero sí en el caso de Aristizábal, como puede leerse desde los versos iniciales de su libro: El poema ahora y siempre,/el retorno al camino y a la calle, el agua de la nube que vuelve al río y a la piedra de su origen,/ la historia de quienes escriben con sus puños a diario/ reconciliando sus pasos con su destino./ … para permanecer más allá de los límites de la memoria./…que la poesía convierte en claridad sin límites / Y en consuelo salvador para muchos. (El poema ahora y siempre, pp. 11-12).


Fidelidad a la poesía

Es precisamente esta fidelidad a la poesía lo que quiero tocar como primero de los cinco temas que configuran el mundo poético de Aristizábal. Porque es el más sobresaliente, y domina su mundo de palabras cantadas. El poeta entona la música del mundo que vive, en cada momento del día: a las seis de la mañana, al mediodía, “en el momento cuando el color del sol pinta las ventanas/ y los techos de las casas de luz brillante o carbón oscuro”. (Canto, p.16). Por ello ve su labor como un Jeroglífico, en el breve pero elocuente poema que lleva justamente ese título (p.23): Borges habla de la primera mañana del mundo./ Joyce, del primer hombre triste que bebió vino./ Sancho, del primero que se asombró frente a la imaginación./ Y yo, de la primera vez que sentí la poesía.

Tal lírica fecunda aquella primera experiencia y va germinando y ofreciendo frutos: Ignoro si alguien más que los siglos/ pueda declarar su triunfo sobre este otro desastre/ de la vida porque solo la poesía permanece, dice en Mirando las murallas (p. 36). Es cíclica, pues el destino humano son dos voces…/ el de un hombre que va por la calle o un camino,/ pero siempre a través de la senda/ de su respiración en medio del silencio. (Dos palabras, p. 37). Más adelante dirá que la poesía/ es la vida que reinventa el mundo. Y ella misma es un acto del sueño, un confesarse con las musas de la noche (Anoche dormido, p. 27). La idea se reitera en el siguiente texto (Sueños, p. 28), donde los rostros de la semiconciencia de la noche, con seguridad desconocidos, sabe que vienen a mí en busca de mi voz y mis palabras. En el día, ya despierto, se topa con ellos “recorriendo andenes y avenidas”, y recibe como enigmática respuesta una sonrisa. Están agradecidos/ de este papel de dios que me permite la poesía. Ese rol divinizado de la palabra poética se concreta en la misma página:

A diario, los seres humanos como los artistas,/ reparten su imagen y su voz por muchos lugares./ … nuestra memoria/ que sigue viviendo igual que si estuviéramos/ en esos lugares por años sin fin,/ a manera de fantasmas. (p.28) Imposible no recordar al leer esto los hermosos versos finales de la Oda a la Poesía de Neruda, ese poeta que, como Vallejo, quedó circulando por la sangre de los seres humanos que tocaron sus obras: Como si el tiempo/ Que poco a poco me convierte en tierra/ Fuera a dejar corriendo eternamente/ Las aguas de mi canto. Tal metáfora de la poesía como líquido vital se reafirma en el final de otro poema de Aristizábal: Esta, otra confesión de la forma como la poesía crea al mundo/ y nos ayuda a mantener los anhelos sin límites, semejantes al océano. (Los barcos que fundan la gran ciudad moderna, pp. 32-33).



Los sentimientos en la poesía

ero los versos configuran asimismo nuevas y nuevas facetas de la fugaz pero a la vez imperecedera existencia de los hombres y mujeres en nuestro mundo. Por ejemplo, el amor. Esos sueños que, ya lo citamos, conforman parte esencial del mundo poético. El cual es un anchuroso llano (p.41), donde estaba la poesía, un llano tan ajeno a las montañas de su tierra natal antioqueña que tanto rememora Aristizábal, como todos los poetas de los Andes colombianos pero en especial los nacidos y criados en esa región, como Rogelio Echavarría, el mismo Barba Jacob o José Manuel Arango, para no citar sino unos poquísimos. Cada poema que alguien escribe es siempre, al mismo tiempo, un comienzo y la terminación de un sentimiento, de una idea, de una solidaridad, de una vivencia. Casi al final de su libro, Aristizábal dice que Cada poema es un final (pp. 60-61). Lo afirma recordando el canario que antes estaba allí en su jaula, señalando que es el encanto de su música efímera, y concluyendo que resulta igual que el hecho simple o la verdad del hombre que se despide. Y en su adiós nos dice que este volumen de papel revele para siempre uno a uno sus propios secretos. Así, y esto apenas lo resume, concibe su labor este poeta. Sin embargo es preciso abordar otras temáticas de Poemas caminos por la tierra. Uno, muy importante en la historia de la poesía universal, es el de la concepción y vivencia del tiempo. Eso claro y oscuro a la vez, por el cual cuando llegan las horas celebro con su diáfano e inefable/ canto de campanas que anuncian los años del porvenir (El reloj, p. 18). El paso de los días, los meses, los años, y hasta los segundos, se halla a lo largo del libro.


Ese pasar y pasar de cada momento de la existencia no es tomado como algo fatal; por el contrario, de un segundo a otro, los años cambian/ y nos dan un nuevo rostro como fiesta. Como Machado dijo Ya nuestra vida es tiempo, y determinó como propuesta estética y poética: La poesía es la palabra esencial en el tiempo. Así concluye Aristizábal: Y por eso la vida es como la poesía,/ se siente para convertir en luz cada una de las miserias./ Pero también se canta en los atardeceres, esos instantes rojo y gris cuando el mar se pone su infinita piel de tortuga, que es un cuarto a media luz, lo que se venera en la penumbra, cuando el poeta piensa entre las sombras/ de la luna nueva de espadas relucientes. Paradójicamente, se trata de la esperanza del próximo despertar, se revitalizan y recuerdan los amores, pero también de una especie de telaraña de estrellas. Atardecer,/ la antorcha que ilumina el horizonte/ e incendia de grana las montañas, y la oscuridad/ se abre como una puerta del tamaño del universo./ En este momento, alguien cae atropellado en la avenida/ y todos saben que el hombre es sombra/ de la vida que empieza y termina a cada paso. Atardecer, (pp. 14-15)



Caminos del recuerdo

El camino como metáfora de la vida recorre prácticamente todo este libro. El propio poeta dice que La gente expresa mi tierra y con ello quiere hablar del lugar de sus raíces, que en últimas remiten a la madre. Esos senderos cada vez me han llamado con sus sueños (p 40). En el recuerdo aparece el cerro de Morrón, el que todos llevamos aquí dentro y está ligado por inscripciones a un pasado mucho más remoto, el indígena el de la raza que desapareció en la noche/ de ese monte, antes que entregarse al invasor. Precisamente, el extenso poema que cierra el libro, Oda del regreso a los lugares del origen del agua (pp. 64-70) se inicia diciendo: A través del viaje lento voy saltando sobre los años. Es un largo recorrido por los lugares del largo camino de la vida, con remembranzas de paisajes, sean de lluvia, tormentas, rayos o soles, montañas y llanuras, pájaros, flores, mariposas, ríos y puentes, muy estrechamente ligados a lo sentido y andado de día y de noche durante la infancia y la juventud en la tierra donde se crió. Aristizábal nos lleva de la mano de su palabra por Guarinó, el cerro San Cayetano, La Miel, El Salado, una vez más Morrón, decenas de otros nombres de lugares enumerados, luego Piamonte y San José, el alto de La Marianita, el río de los recuerdos, caminos, calles, plazas y bares, personajes que son bellos. Cabe, pues, llamar a Aristizábal un caminante a través del tiempo de la vida y de la poesía.

Tampoco escapa de su temática la gente pobre. Aparecen aquí y allá, pero quiero destacar tres poemas: Mapa de carne y huesos (p.13), donde En el semáforo, un mendigo descubre/ su pecho y su estómago, sus costillas escaldadas/ como túmulos, y la miseria que lleva en sus entrañas, dejándonos testimonio del dolor que ahonda el sendero terrible de su huella diaria. Reflexión (p.19), que habla de la vida que es guerra para el conductor de bus, para el zorrero, para el hombre cansado que viene de no se sabe dónde, y culmina diciendo lo que piensa el poeta :Sin embargo, frente al que llora en una esquina/ mostrando sus heridas, /agrega que escribe como su forma de desplegar las alas/y vencer todas las miserias.



La vida y la muerte

Pero como no podían faltar en medio de las principales temáticas, están la vida y la muerte. Usted y yo andamos juntos (…) para que el mundo siga vivo a través de nuestro aliento, dice en Evocación (p.17). Luego de levantarse con las melodías de los buses y camiones,/ los gritos de los voceadores de prensa/ o los vendedores de baratijas, llora al atardecer al ver una paloma alzar el vuelo con una ramita en su pico porque Sé que pronto mis huesos serán esa paja diminuta/ que ella lleva dichosa a través del aire para su nido. En Otra forma de elegía (p.43), llega del entierro de un amigo y se llena de furia, que es otra manera de llorar, y porque la gente tiene que reclamar de cualquier manera/ que alguien se haya ido definitivamente,/ y que a menudo ese llanto no tiene límites. Casi nunca un análisis puede ser exhaustivo. Pero es preciso señalar que este libro, así apretadamente reseñado, da testimonio de que Aristizábal ama la vida y la poesía con la misma intensidad que a sus seres más cercanos, y que sabe expresarlo con belleza.


*Escritor, crítico, docente universitario. Ha escrito Crítica literaria: César Vallejo, poesía en la historia (Valencia Editores, Bogotá, 1977). Edición crítica de la obra de Luis Carlos López, Banco de la República, Bogotá, 1976, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1994. Contracorriente, Universidad Pedagógica, Bogotá, 2006, Siete poetas colombianos, Ancora Editores, 1983, y Poesía indígena de América, Arango Editores, Bogotá, 1994.

domingo, 4 de octubre de 2009

César Vallejo textos rescatados por Carlos Fernández López y Valentino Gianuzzi


LIBRO PRESENTADO EN EL INSTITUTO RAÚL PORRAS BARRENECHEA el miércoles 26 de agosto de 2009. Libro de Carlos Fernández López y Valentino Gianuzzi donde se revela y comenta algunos textos hasta ahora desconocidos o poco conocidos de César Vallejo.

CESAR VALLEJO Vida y Obra : Luis Monguio - 1952


Libro transcendental sobre la vida y obra de César Vallejo.

Estilo y Poesía en César Vallejo por Giovanni Meo Zilio



Libro donde el investigador italiano hace un estudio estilístico sobre la poesia de César Vallejo.

César Vallejo en los infiernos de Eduardo González Viaña

El libro se presentó el miércoles 16 de setiembre de 2009 en el Hemiciclo Raúl Porras Barrenechea del Congreso de la República. Hora: 6:30 p.m. La mesa estuvo conformada por Jorge Puccinelli y Max Silva Tuesta.
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Texto extraído de la página de Congreso de la República:
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http://www.hostos.cuny.edu/oaa/pdf/lawi/Article11sep01.pdf
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Presentación
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Fondo Editorial del Congreso Vallejo en los infiernos
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Eduardo González Viaña
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El confinamiento que sufrió en la cárcel de Trujillo el poeta César Vallejo entre noviembre de 1920 y febrero de 1921 sostiene la trama de la novela Vallejo en los infiernos de Eduardo González Viaña. La publicación será presentada el miércoles
16 de setiembre a las 6:30 de la tarde en el hemiciclo Raúl Porras Barrenechea.
La mesa estará formada por Jorge Puccinelli y Max Silva Tuesta. Vallejo en los infiernos es una reedición del Fondo Editorial del Congreso.

La novela de González Viaña encierra en realidad dos géneros. Es la epopeya de un héroe, en la tradición clásica de su carácter sobrehumano, y a la vez conforma un documento biográfico. En cuanto al segundo punto el autor es concluyente, y dice que su obra “no es real una vez. Lo es dos, tres y muchas más”. Él mismo plantea así la fuerte tensión entre mitología y verosimilitud que se preservará a lo largo de todo el relato. Pues si el héroe clásico, como es el Vallejo de González Viaña, escapa siempre a la norma, en cambio el marco declaradamente verídico que cobija su destino tendrá que sujetarse a la memoria de los hechos y enfrentar de algún modo su ineludible banalidad y su generalidad ética y psicológica. Héroe y documento, o bien épica y mundo, en su compleja conjugación, forzarán por lo tanto al límite el criterio de verdad.

González Viaña usa el recurso del espacio fijo para construir la vida de Vallejo hasta su partida definitiva a París a los 29 años. La cárcel de Trujillo, como elección, conviene especialmente ya que la soledad y el dolor padecidos allí por el poeta inducen y hacen irrefrenable el flujo de sus recuerdos. Sin dejar de ser un elemento protagónico, avivado por diferentes episodios, la prisión se convierte en un túnel del tiempo por el que Vallejo retrocede hasta sus primeras evocaciones de infancia y luego emprende el camino de vuelta, en escenas progresivas y autónomas, hasta su situación presente de preso político. La recapitulación envuelve a la madre, que reaparecerá una y otra vez, la familia, el hermano Miguel, la escuela, los diversos amores juveniles del bardo, su experiencia temprana de la opresión social, así como su iniciación en la poesía y la ideología comunista. El tratamiento de estos momentos es epifánico y se alinea con la inconmensurabilidad del héroe típico. Aun si se les narra con un estilo que dista de ser febril, introducen el prodigio y la profecía y establecen puentes con lo maravilloso. De hecho, a través del relato Vallejo recibe diversos oráculos acerca de su gloria literaria y su exilio sin regreso. Son escenas del tipo perteneciente a lo que González Viaña llama “realidades poéticas”.

Mientras transcurren, González Viaña también inserta un tiempo que ya es el de la historia colectiva nacional. Trujillo en aquellos años fue escenario de dos acontecimientos imprescindibles para un entendimiento cultural y político del Perú, relacionados además entre sí: la creación del Grupo Norte, formado por literatos y pintores, y el nacimiento del APRA, en cuyas filas se enrolaron gran parte de los primeros. El autor no desperdicia la ocasión y presenta con nombre propio a ambos movimientos mediante la figura de Antenor Orrego y Víctor Raúl Haya de la Torre, a quienes el poeta conoció muy bien. En la novela los dos dialogan con Vallejo con voz que no teme ser didáctica ni anticipatoria. Sus reflexiones políticas preludian, en efecto, las grandes convulsiones sociales a ser experimentadas a lo largo del siglo XX en el Perú, y una de ellas —la Revolución de Trujillo de 1932— es descrita en un panorámico salto de tiempo. En esos instantes, el héroe Vallejo se acopla a la masa anónima de hombres explotados que, atravesándola, dan tanta potencia a su obra poética.
Lima, 31 de agosto de 2009
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Abajo, se consigna un comentario del escritor Eduardo González Viaña acerca de su novela Vallejo en los infiernos, reeditada por el Fondo Editorial del Congreso.

Por Eduardo González Viaña

De verdad, Vallejo en los infiernos

César Vallejo escuchó los pasos de su madre trajinando en la cocina y tarareando una canción. Su voz era sobrenatural. Iluminaba los espacios y hacía que se perdieran el peso y la densidad de los objetos.
Escuchándola, y sin darse cuenta, César dejó caer la taza de café y aquella no hizo ruido al chocar contra el suelo. Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la luna comenzaba a temblar.
—Ahora, no me diga usted que este libro es cien por ciento real —me reclama un
periodista italiano con motivo de la edición de mi novela Vallejo en los infiernos en ese idioma.
Acaba de leer en voz alta el fragmento anterior, y, aunque lo considera bello, le fastidia que una taza de café no haga ruido al chocar con el suelo.
—No. No es real —respondo.
—Ah… ¿Admite usted que lo que escribe no es real?
—No es real una vez. Lo es dos, tres y muchas veces más.
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Lo digo por varias razones.

La primera: Como lo denuncio en mi novela, César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas. Los críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar solo unas líneas breves —y a veces mezquinas— a este hecho, que es fundamental en la gesta de Trilce y en la comprensión de ese libro y del propio país que le da origen.

Nuestro poeta fue testigo y denunciante de un acto criminal ocurrido en Santiago de Chuco, su pueblo (1920), cuando azuzados por los poderosos, los gendarmes acantonados allí se levantaron en armas, intentaron eliminar a las autoridades locales y asesinaron a un intelectual amigo del poeta. Con piedras y con sus propias fuerzas, los vecinos impidieron que aquello se convirtiera en un genocidio.

La acción judicial fue iniciada contra los gendarmes y sus instigadores. Sin embargo, movida por fuerzas misteriosas, la Corte Superior de Trujillo la convirtió en una investigación judicial contra los denunciantes y las propias víctimas. El juez ad hoc enviado al lugar de los hechos festinó trámites, fabricó pruebas, inventó personas, dibujó firmas de personas ausentes y, bajo tortura, obtuvo la confesión de un supuesto autor material de los crímenes quien decía haber sido armado por Vallejo.

Cuando el abogado del poeta pidió que el supuesto sicario fuera llevado ante la Corte de Trujillo, la “justicia” lo envió atado al lomo de una mula bajo custodia armada. A la mitad del camino, sus captores lo bajaron del animal y lo mataron a balazos aduciendo que había intentado huir.

Por casualidad, el juez ad hoc era también abogado de poderosas empresas donde habían estallado sublevaciones sociales: Casa Grande, que en vez de salarios ofrecía coca y raciones de comida a sus trabajadores, y Quiruvilca, la mina donde miles de indios eran empujados a trabajar 20 horas al día hasta la extenuación, la tuberculosis y la muerte.

En la Universidad de Trujillo había nacido entonces una generación de jóvenes intelectuales atraídos por el socialismo, por el anarquismo o por la sola idea cristiana de liberar a los oprimidos. Las grandes empresas y sus agentes querían escarmentarlos, inventarles algún sambenito y eliminarlos físicamente si fuera posible. Vallejo fue la víctima escogida, el incendiario, el terrorista de la época.

La segunda razón para aducir la realidad de mi novela es algo que no se suele contar: Vallejo, uno de los grandes poetas de la lengua castellana en el siglo XX, no pudo regresar jamás a su país. Si lo hubiera hecho, habría sido conducido de inmediato a los infiernos de alguna cárcel tremebunda. Ello se debe a que el proceso penal instaurado contra él nunca se extinguió, y sus enemigos anduvieron todo el tiempo buscando la extradición. Los comentarios académicos obvian este hecho, y aluden a una risible “pasión metafísica” su imposible retorno.

La tercera razón, por fin, es que lo que fue real en 1920 se repite hasta la saciedad en nuestro tiempo. Quiruvilca —denunciada por Vallejo en su Tungsteno y evocada en mi libro Vallejo en los infiernos— se parece entrañablemente en los días actuales a Yanacocha. Esta mina de oro, la más rica del mundo, se encuentra ubicada en
Cajamarca, una región “vallejiana” en la que el 70 por ciento de la población padece extrema pobreza. Las denuncias de contaminación son frecuentes. Por fin, los sacerdotes que encabezan la protesta son amenazados de muerte y perseguidos por una banda de forajidos en estrecha relación con el cuerpo de seguridad de la mina.
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—Amigo Gianluigi —le digo al periodista—, tiene usted razón. Vallejo en los infiernos no es real una vez. Lo es una y otra vez. Espero que no por mucho tiempo. Y también es real que un facineroso a sueldo, armado de un martillo, esperaba al poeta para acabar con él en las oscuridades del calabozo donde pasó su primera noche.
Esas son realidades diabólicas. Otras, y muy diferentes, son las realidades poéticas.
Y por obra de ellas, es verdad que la taza de café se quedó flotando. Y también es verdad que cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la luna comenzaba a temblar.

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Texto extraído del diario Primera de Lima - Perú del día domingo 04 de octubre de 2009
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http://www.diariolaprimeraperu.com/online/cultura/el-humano-dolor-de-vallejo_47558.html
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El humano dolor de Vallejo
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La autoría de este texto corresponde a Antonio Melis, catedrático de la Universidad de Siena, Italia. Se refiere a la novela: Vallejo en los infiernos, de Eduardo González Viaña.


















La inquietud creadora permanente es el rasgo más notable de la narrativa de Eduardo González Viaña. Después del éxito extraordinario de su novela El corrido de Dante, una epopeya picaresca de los migrantes mexicanos clandestinos en Estados Unidos, no se ha dormido en sus laureles, sino que se ha lanzado en otra aventura muy diferente. Ha aceptado el reto de contar la vida de Vallejo, a partir de su “momento más grave”, el de la cárcel injusta sufrida en sus años juveniles. Ha realizado su empresa narrativa a partir de una profunda identificación con el poeta y su obra. Toda la novela, en efecto, se desarrolla a través de un sabio y refinado contrapunto con los textos poéticos de Vallejo.

Los infiernos que aparecen en el título aluden al lugar más sórdido de la prisión de Trujillo, pero también a la experiencia abismal que toda poesía auténtica supone. Alrededor de este núcleo central, se evocan los momentos más significativos de la vida del poeta, antes del viaje definitivo a Europa. La religión del hogar es uno de los alimentos fundamentales de sus primeros poemarios. En la novela este repertorio se manifiesta intensamente en la memoria de la madre y de la “numerosa familia que dejamos”. Las referencias al período escolar iluminan el cuento desgarrador de Paco Yunque. Las comprobaciones precoces de la injusticia humana encuentran confirmaciones abrumadoras en sus primeros contactos con el mundo de los trabajadores, especialmente los mineros.

La formación religiosa del poeta se desarrolla entre mensajes contradictorios. Por un lado choca contra una visión formalista y dogmática, fundada en la obsesión del pecado. Por el otro elabora una lectura revolucionaria del Evangelio, que lo empuja a la identificación total con los pobres de la tierra.

Cuando González Viaña relata la violencia ciega que se desata contra el pueblo, advertimos en sus páginas apasionadas algo que va más allá de la época de Vallejo. En el trasfondo, se percibe claramente la referencia a la guerra sucia que ha ensangrentado el Perú en años recientes. No faltan las referencias al contexto internacional, desde la primera guerra mundial hasta la revolución mexicana y la revolución de octubre.

Las historias de amor del poeta juegan un papel fundamental. González Viaña nos ofrece retratos inolvidables de las mujeres que han marcado los años peruanos de Vallejo. Una vez más utiliza con gran acierto las referencias a los poemas de Los Heraldos Negros y de Trilce. Las enamoradas de su juventud son al mismo tiempo personajes reales de una narración y sublimación lírica.

Al lado de los amores, aparecen las grandes amistades. El narrador nos proporciona un cuadro muy eficaz de la “Bohemia trujillana”, ese círculo de escritores y artistas que afirma el protagonismo de la provincia peruana. La figura de Antenor Orrego, el primero que intuyó la grandeza de Vallejo, sobresale por sus calidades intelectuales y humanas.

La utilización cuidadosa de los documentos es particularmente evidente en lo que se refiere a la pesadilla carcelaria vivida por el poeta. La trágica noche de Santiago de Chuco se reconstruye en todos sus detalles. Pero el tiempo lineal de la narración se altera continuamente, para dejar el paso a violentas inversiones. La deshora vallejiana impone su ritmo marcado por bruscos anacronismos. En estas páginas se manifiesta una compenetración admirable con los estratos más profundos de su poesía.

Toda la novela, en sus distintos registros estilísticos, se halla iluminada por la prosa diáfana de González Viaña. El reto de transmitir la vida de uno de los mayores poetas del siglo XX se transforma en un triunfo literario, donde los recursos admirables del oficio están al servicio de un gesto profundo de amor. Vallejo en los infiernos. Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2009.
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