http://www.lapatria.com/Noticias/ver_noticia.aspx?CODNOT=77985&CODSEC=17
Palabras de carne, letras, hueso y alma
La fidelidad a la poesía, los sentimientos, la existencia, la muerte y los recuerdos configuran el mundo poético de Alonso Aristizábal. Es un largo recorrido por los lugares del largo camino de la vida. Tampoco escapa de su temática la gente pobre. Expresiones. Guillermo Alberto Arévalo* - Papel Salmón
*****
El escritor y docente de la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad Nacional sede Bogotá Alonso Aristizábal tiene libros de ensayo, novela y cuento, pero es la primera vez que publica uno de poesía.
Foto/Archivo personal/Papel Salmón
*****
Poemas caminos por la tierra, (Ícono, Bogotá, 2008) el más reciente libro de Alonso Alonso Aristizábal, ya conocido como crítico y narrador, menos como poeta, lo eleva a esa categoría que escribió Paz para iniciar uno de sus mejores libros de ensayos, El arco y la lira (Paz, F.C.E., México, 1982, p.13): “La poesía es plegaria al vacío, diálogo con la ausencia, el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan”. Es sabido que existe algo llamado fidelidad a la expresión poética, que no a todos les es dado. Pero sí en el caso de Aristizábal, como puede leerse desde los versos iniciales de su libro: El poema ahora y siempre,/el retorno al camino y a la calle, el agua de la nube que vuelve al río y a la piedra de su origen,/ la historia de quienes escriben con sus puños a diario/ reconciliando sus pasos con su destino./ … para permanecer más allá de los límites de la memoria./…que la poesía convierte en claridad sin límites / Y en consuelo salvador para muchos. (El poema ahora y siempre, pp. 11-12).
•
•
Fidelidad a la poesía
•
Es precisamente esta fidelidad a la poesía lo que quiero tocar como primero de los cinco temas que configuran el mundo poético de Aristizábal. Porque es el más sobresaliente, y domina su mundo de palabras cantadas. El poeta entona la música del mundo que vive, en cada momento del día: a las seis de la mañana, al mediodía, “en el momento cuando el color del sol pinta las ventanas/ y los techos de las casas de luz brillante o carbón oscuro”. (Canto, p.16). Por ello ve su labor como un Jeroglífico, en el breve pero elocuente poema que lleva justamente ese título (p.23): Borges habla de la primera mañana del mundo./ Joyce, del primer hombre triste que bebió vino./ Sancho, del primero que se asombró frente a la imaginación./ Y yo, de la primera vez que sentí la poesía.
•
Tal lírica fecunda aquella primera experiencia y va germinando y ofreciendo frutos: Ignoro si alguien más que los siglos/ pueda declarar su triunfo sobre este otro desastre/ de la vida porque solo la poesía permanece, dice en Mirando las murallas (p. 36). Es cíclica, pues el destino humano son dos voces…/ el de un hombre que va por la calle o un camino,/ pero siempre a través de la senda/ de su respiración en medio del silencio. (Dos palabras, p. 37). Más adelante dirá que la poesía/ es la vida que reinventa el mundo. Y ella misma es un acto del sueño, un confesarse con las musas de la noche (Anoche dormido, p. 27). La idea se reitera en el siguiente texto (Sueños, p. 28), donde los rostros de la semiconciencia de la noche, con seguridad desconocidos, sabe que vienen a mí en busca de mi voz y mis palabras. En el día, ya despierto, se topa con ellos “recorriendo andenes y avenidas”, y recibe como enigmática respuesta una sonrisa. Están agradecidos/ de este papel de dios que me permite la poesía. Ese rol divinizado de la palabra poética se concreta en la misma página:
•
A diario, los seres humanos como los artistas,/ reparten su imagen y su voz por muchos lugares./ … nuestra memoria/ que sigue viviendo igual que si estuviéramos/ en esos lugares por años sin fin,/ a manera de fantasmas. (p.28) Imposible no recordar al leer esto los hermosos versos finales de la Oda a la Poesía de Neruda, ese poeta que, como Vallejo, quedó circulando por la sangre de los seres humanos que tocaron sus obras: Como si el tiempo/ Que poco a poco me convierte en tierra/ Fuera a dejar corriendo eternamente/ Las aguas de mi canto. Tal metáfora de la poesía como líquido vital se reafirma en el final de otro poema de Aristizábal: Esta, otra confesión de la forma como la poesía crea al mundo/ y nos ayuda a mantener los anhelos sin límites, semejantes al océano. (Los barcos que fundan la gran ciudad moderna, pp. 32-33).
•
•
Los sentimientos en la poesía
•
ero los versos configuran asimismo nuevas y nuevas facetas de la fugaz pero a la vez imperecedera existencia de los hombres y mujeres en nuestro mundo. Por ejemplo, el amor. Esos sueños que, ya lo citamos, conforman parte esencial del mundo poético. El cual es un anchuroso llano (p.41), donde estaba la poesía, un llano tan ajeno a las montañas de su tierra natal antioqueña que tanto rememora Aristizábal, como todos los poetas de los Andes colombianos pero en especial los nacidos y criados en esa región, como Rogelio Echavarría, el mismo Barba Jacob o José Manuel Arango, para no citar sino unos poquísimos. Cada poema que alguien escribe es siempre, al mismo tiempo, un comienzo y la terminación de un sentimiento, de una idea, de una solidaridad, de una vivencia. Casi al final de su libro, Aristizábal dice que Cada poema es un final (pp. 60-61). Lo afirma recordando el canario que antes estaba allí en su jaula, señalando que es el encanto de su música efímera, y concluyendo que resulta igual que el hecho simple o la verdad del hombre que se despide. Y en su adiós nos dice que este volumen de papel revele para siempre uno a uno sus propios secretos. Así, y esto apenas lo resume, concibe su labor este poeta. Sin embargo es preciso abordar otras temáticas de Poemas caminos por la tierra. Uno, muy importante en la historia de la poesía universal, es el de la concepción y vivencia del tiempo. Eso claro y oscuro a la vez, por el cual cuando llegan las horas celebro con su diáfano e inefable/ canto de campanas que anuncian los años del porvenir (El reloj, p. 18). El paso de los días, los meses, los años, y hasta los segundos, se halla a lo largo del libro.
•
Ese pasar y pasar de cada momento de la existencia no es tomado como algo fatal; por el contrario, de un segundo a otro, los años cambian/ y nos dan un nuevo rostro como fiesta. Como Machado dijo Ya nuestra vida es tiempo, y determinó como propuesta estética y poética: La poesía es la palabra esencial en el tiempo. Así concluye Aristizábal: Y por eso la vida es como la poesía,/ se siente para convertir en luz cada una de las miserias./ Pero también se canta en los atardeceres, esos instantes rojo y gris cuando el mar se pone su infinita piel de tortuga, que es un cuarto a media luz, lo que se venera en la penumbra, cuando el poeta piensa entre las sombras/ de la luna nueva de espadas relucientes. Paradójicamente, se trata de la esperanza del próximo despertar, se revitalizan y recuerdan los amores, pero también de una especie de telaraña de estrellas. Atardecer,/ la antorcha que ilumina el horizonte/ e incendia de grana las montañas, y la oscuridad/ se abre como una puerta del tamaño del universo./ En este momento, alguien cae atropellado en la avenida/ y todos saben que el hombre es sombra/ de la vida que empieza y termina a cada paso. Atardecer, (pp. 14-15)
•
•
Caminos del recuerdo
•
El camino como metáfora de la vida recorre prácticamente todo este libro. El propio poeta dice que La gente expresa mi tierra y con ello quiere hablar del lugar de sus raíces, que en últimas remiten a la madre. Esos senderos cada vez me han llamado con sus sueños (p 40). En el recuerdo aparece el cerro de Morrón, el que todos llevamos aquí dentro y está ligado por inscripciones a un pasado mucho más remoto, el indígena el de la raza que desapareció en la noche/ de ese monte, antes que entregarse al invasor. Precisamente, el extenso poema que cierra el libro, Oda del regreso a los lugares del origen del agua (pp. 64-70) se inicia diciendo: A través del viaje lento voy saltando sobre los años. Es un largo recorrido por los lugares del largo camino de la vida, con remembranzas de paisajes, sean de lluvia, tormentas, rayos o soles, montañas y llanuras, pájaros, flores, mariposas, ríos y puentes, muy estrechamente ligados a lo sentido y andado de día y de noche durante la infancia y la juventud en la tierra donde se crió. Aristizábal nos lleva de la mano de su palabra por Guarinó, el cerro San Cayetano, La Miel, El Salado, una vez más Morrón, decenas de otros nombres de lugares enumerados, luego Piamonte y San José, el alto de La Marianita, el río de los recuerdos, caminos, calles, plazas y bares, personajes que son bellos. Cabe, pues, llamar a Aristizábal un caminante a través del tiempo de la vida y de la poesía.
•
Tampoco escapa de su temática la gente pobre. Aparecen aquí y allá, pero quiero destacar tres poemas: Mapa de carne y huesos (p.13), donde En el semáforo, un mendigo descubre/ su pecho y su estómago, sus costillas escaldadas/ como túmulos, y la miseria que lleva en sus entrañas, dejándonos testimonio del dolor que ahonda el sendero terrible de su huella diaria. Reflexión (p.19), que habla de la vida que es guerra para el conductor de bus, para el zorrero, para el hombre cansado que viene de no se sabe dónde, y culmina diciendo lo que piensa el poeta :Sin embargo, frente al que llora en una esquina/ mostrando sus heridas, /agrega que escribe como su forma de desplegar las alas/y vencer todas las miserias.
•
•
La vida y la muerte
•
Pero como no podían faltar en medio de las principales temáticas, están la vida y la muerte. Usted y yo andamos juntos (…) para que el mundo siga vivo a través de nuestro aliento, dice en Evocación (p.17). Luego de levantarse con las melodías de los buses y camiones,/ los gritos de los voceadores de prensa/ o los vendedores de baratijas, llora al atardecer al ver una paloma alzar el vuelo con una ramita en su pico porque Sé que pronto mis huesos serán esa paja diminuta/ que ella lleva dichosa a través del aire para su nido. En Otra forma de elegía (p.43), llega del entierro de un amigo y se llena de furia, que es otra manera de llorar, y porque la gente tiene que reclamar de cualquier manera/ que alguien se haya ido definitivamente,/ y que a menudo ese llanto no tiene límites. Casi nunca un análisis puede ser exhaustivo. Pero es preciso señalar que este libro, así apretadamente reseñado, da testimonio de que Aristizábal ama la vida y la poesía con la misma intensidad que a sus seres más cercanos, y que sabe expresarlo con belleza.
•
*Escritor, crítico, docente universitario. Ha escrito Crítica literaria: César Vallejo, poesía en la historia (Valencia Editores, Bogotá, 1977). Edición crítica de la obra de Luis Carlos López, Banco de la República, Bogotá, 1976, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1994. Contracorriente, Universidad Pedagógica, Bogotá, 2006, Siete poetas colombianos, Ancora Editores, 1983, y Poesía indígena de América, Arango Editores, Bogotá, 1994.
•
•
No hay comentarios:
Publicar un comentario