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Texto extraído de la página de Congreso de la República:
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http://www.hostos.cuny.edu/oaa/pdf/lawi/Article11sep01.pdf
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Presentación
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Fondo Editorial del Congreso Vallejo en los infiernos
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Eduardo González Viaña
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El confinamiento que sufrió en la cárcel de Trujillo el poeta César Vallejo entre noviembre de 1920 y febrero de 1921 sostiene la trama de la novela Vallejo en los infiernos de Eduardo González Viaña. La publicación será presentada el miércoles
16 de setiembre a las 6:30 de la tarde en el hemiciclo Raúl Porras Barrenechea.
La mesa estará formada por Jorge Puccinelli y Max Silva Tuesta. Vallejo en los infiernos es una reedición del Fondo Editorial del Congreso.
La novela de González Viaña encierra en realidad dos géneros. Es la epopeya de un héroe, en la tradición clásica de su carácter sobrehumano, y a la vez conforma un documento biográfico. En cuanto al segundo punto el autor es concluyente, y dice que su obra “no es real una vez. Lo es dos, tres y muchas más”. Él mismo plantea así la fuerte tensión entre mitología y verosimilitud que se preservará a lo largo de todo el relato. Pues si el héroe clásico, como es el Vallejo de González Viaña, escapa siempre a la norma, en cambio el marco declaradamente verídico que cobija su destino tendrá que sujetarse a la memoria de los hechos y enfrentar de algún modo su ineludible banalidad y su generalidad ética y psicológica. Héroe y documento, o bien épica y mundo, en su compleja conjugación, forzarán por lo tanto al límite el criterio de verdad.
González Viaña usa el recurso del espacio fijo para construir la vida de Vallejo hasta su partida definitiva a París a los 29 años. La cárcel de Trujillo, como elección, conviene especialmente ya que la soledad y el dolor padecidos allí por el poeta inducen y hacen irrefrenable el flujo de sus recuerdos. Sin dejar de ser un elemento protagónico, avivado por diferentes episodios, la prisión se convierte en un túnel del tiempo por el que Vallejo retrocede hasta sus primeras evocaciones de infancia y luego emprende el camino de vuelta, en escenas progresivas y autónomas, hasta su situación presente de preso político. La recapitulación envuelve a la madre, que reaparecerá una y otra vez, la familia, el hermano Miguel, la escuela, los diversos amores juveniles del bardo, su experiencia temprana de la opresión social, así como su iniciación en la poesía y la ideología comunista. El tratamiento de estos momentos es epifánico y se alinea con la inconmensurabilidad del héroe típico. Aun si se les narra con un estilo que dista de ser febril, introducen el prodigio y la profecía y establecen puentes con lo maravilloso. De hecho, a través del relato Vallejo recibe diversos oráculos acerca de su gloria literaria y su exilio sin regreso. Son escenas del tipo perteneciente a lo que González Viaña llama “realidades poéticas”.
Mientras transcurren, González Viaña también inserta un tiempo que ya es el de la historia colectiva nacional. Trujillo en aquellos años fue escenario de dos acontecimientos imprescindibles para un entendimiento cultural y político del Perú, relacionados además entre sí: la creación del Grupo Norte, formado por literatos y pintores, y el nacimiento del APRA, en cuyas filas se enrolaron gran parte de los primeros. El autor no desperdicia la ocasión y presenta con nombre propio a ambos movimientos mediante la figura de Antenor Orrego y Víctor Raúl Haya de la Torre, a quienes el poeta conoció muy bien. En la novela los dos dialogan con Vallejo con voz que no teme ser didáctica ni anticipatoria. Sus reflexiones políticas preludian, en efecto, las grandes convulsiones sociales a ser experimentadas a lo largo del siglo XX en el Perú, y una de ellas —la Revolución de Trujillo de 1932— es descrita en un panorámico salto de tiempo. En esos instantes, el héroe Vallejo se acopla a la masa anónima de hombres explotados que, atravesándola, dan tanta potencia a su obra poética.
Lima, 31 de agosto de 2009
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Abajo, se consigna un comentario del escritor Eduardo González Viaña acerca de su novela Vallejo en los infiernos, reeditada por el Fondo Editorial del Congreso.
Por Eduardo González Viaña
De verdad, Vallejo en los infiernos
César Vallejo escuchó los pasos de su madre trajinando en la cocina y tarareando una canción. Su voz era sobrenatural. Iluminaba los espacios y hacía que se perdieran el peso y la densidad de los objetos.
Escuchándola, y sin darse cuenta, César dejó caer la taza de café y aquella no hizo ruido al chocar contra el suelo. Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la luna comenzaba a temblar.
—Ahora, no me diga usted que este libro es cien por ciento real —me reclama un
periodista italiano con motivo de la edición de mi novela Vallejo en los infiernos en ese idioma.
Acaba de leer en voz alta el fragmento anterior, y, aunque lo considera bello, le fastidia que una taza de café no haga ruido al chocar con el suelo.
—No. No es real —respondo.
—Ah… ¿Admite usted que lo que escribe no es real?
—No es real una vez. Lo es dos, tres y muchas veces más.
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Lo digo por varias razones.
La primera: Como lo denuncio en mi novela, César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas. Los críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar solo unas líneas breves —y a veces mezquinas— a este hecho, que es fundamental en la gesta de Trilce y en la comprensión de ese libro y del propio país que le da origen.
Nuestro poeta fue testigo y denunciante de un acto criminal ocurrido en Santiago de Chuco, su pueblo (1920), cuando azuzados por los poderosos, los gendarmes acantonados allí se levantaron en armas, intentaron eliminar a las autoridades locales y asesinaron a un intelectual amigo del poeta. Con piedras y con sus propias fuerzas, los vecinos impidieron que aquello se convirtiera en un genocidio.
La acción judicial fue iniciada contra los gendarmes y sus instigadores. Sin embargo, movida por fuerzas misteriosas, la Corte Superior de Trujillo la convirtió en una investigación judicial contra los denunciantes y las propias víctimas. El juez ad hoc enviado al lugar de los hechos festinó trámites, fabricó pruebas, inventó personas, dibujó firmas de personas ausentes y, bajo tortura, obtuvo la confesión de un supuesto autor material de los crímenes quien decía haber sido armado por Vallejo.
Cuando el abogado del poeta pidió que el supuesto sicario fuera llevado ante la Corte de Trujillo, la “justicia” lo envió atado al lomo de una mula bajo custodia armada. A la mitad del camino, sus captores lo bajaron del animal y lo mataron a balazos aduciendo que había intentado huir.
Por casualidad, el juez ad hoc era también abogado de poderosas empresas donde habían estallado sublevaciones sociales: Casa Grande, que en vez de salarios ofrecía coca y raciones de comida a sus trabajadores, y Quiruvilca, la mina donde miles de indios eran empujados a trabajar 20 horas al día hasta la extenuación, la tuberculosis y la muerte.
En la Universidad de Trujillo había nacido entonces una generación de jóvenes intelectuales atraídos por el socialismo, por el anarquismo o por la sola idea cristiana de liberar a los oprimidos. Las grandes empresas y sus agentes querían escarmentarlos, inventarles algún sambenito y eliminarlos físicamente si fuera posible. Vallejo fue la víctima escogida, el incendiario, el terrorista de la época.
La segunda razón para aducir la realidad de mi novela es algo que no se suele contar: Vallejo, uno de los grandes poetas de la lengua castellana en el siglo XX, no pudo regresar jamás a su país. Si lo hubiera hecho, habría sido conducido de inmediato a los infiernos de alguna cárcel tremebunda. Ello se debe a que el proceso penal instaurado contra él nunca se extinguió, y sus enemigos anduvieron todo el tiempo buscando la extradición. Los comentarios académicos obvian este hecho, y aluden a una risible “pasión metafísica” su imposible retorno.
La tercera razón, por fin, es que lo que fue real en 1920 se repite hasta la saciedad en nuestro tiempo. Quiruvilca —denunciada por Vallejo en su Tungsteno y evocada en mi libro Vallejo en los infiernos— se parece entrañablemente en los días actuales a Yanacocha. Esta mina de oro, la más rica del mundo, se encuentra ubicada en
Cajamarca, una región “vallejiana” en la que el 70 por ciento de la población padece extrema pobreza. Las denuncias de contaminación son frecuentes. Por fin, los sacerdotes que encabezan la protesta son amenazados de muerte y perseguidos por una banda de forajidos en estrecha relación con el cuerpo de seguridad de la mina.
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—Amigo Gianluigi —le digo al periodista—, tiene usted razón. Vallejo en los infiernos no es real una vez. Lo es una y otra vez. Espero que no por mucho tiempo. Y también es real que un facineroso a sueldo, armado de un martillo, esperaba al poeta para acabar con él en las oscuridades del calabozo donde pasó su primera noche.
Esas son realidades diabólicas. Otras, y muy diferentes, son las realidades poéticas.
Y por obra de ellas, es verdad que la taza de café se quedó flotando. Y también es verdad que cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la luna comenzaba a temblar.
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Texto extraído del diario Primera de Lima - Perú del día domingo 04 de octubre de 2009
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http://www.diariolaprimeraperu.com/online/cultura/el-humano-dolor-de-vallejo_47558.html
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El humano dolor de Vallejo
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La autoría de este texto corresponde a Antonio Melis, catedrático de la Universidad de Siena, Italia. Se refiere a la novela: Vallejo en los infiernos, de Eduardo González Viaña.
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La inquietud creadora permanente es el rasgo más notable de la narrativa de Eduardo González Viaña. Después del éxito extraordinario de su novela El corrido de Dante, una epopeya picaresca de los migrantes mexicanos clandestinos en Estados Unidos, no se ha dormido en sus laureles, sino que se ha lanzado en otra aventura muy diferente. Ha aceptado el reto de contar la vida de Vallejo, a partir de su “momento más grave”, el de la cárcel injusta sufrida en sus años juveniles. Ha realizado su empresa narrativa a partir de una profunda identificación con el poeta y su obra. Toda la novela, en efecto, se desarrolla a través de un sabio y refinado contrapunto con los textos poéticos de Vallejo.
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Los infiernos que aparecen en el título aluden al lugar más sórdido de la prisión de Trujillo, pero también a la experiencia abismal que toda poesía auténtica supone. Alrededor de este núcleo central, se evocan los momentos más significativos de la vida del poeta, antes del viaje definitivo a Europa. La religión del hogar es uno de los alimentos fundamentales de sus primeros poemarios. En la novela este repertorio se manifiesta intensamente en la memoria de la madre y de la “numerosa familia que dejamos”. Las referencias al período escolar iluminan el cuento desgarrador de Paco Yunque. Las comprobaciones precoces de la injusticia humana encuentran confirmaciones abrumadoras en sus primeros contactos con el mundo de los trabajadores, especialmente los mineros.
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La formación religiosa del poeta se desarrolla entre mensajes contradictorios. Por un lado choca contra una visión formalista y dogmática, fundada en la obsesión del pecado. Por el otro elabora una lectura revolucionaria del Evangelio, que lo empuja a la identificación total con los pobres de la tierra.
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Cuando González Viaña relata la violencia ciega que se desata contra el pueblo, advertimos en sus páginas apasionadas algo que va más allá de la época de Vallejo. En el trasfondo, se percibe claramente la referencia a la guerra sucia que ha ensangrentado el Perú en años recientes. No faltan las referencias al contexto internacional, desde la primera guerra mundial hasta la revolución mexicana y la revolución de octubre.
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Las historias de amor del poeta juegan un papel fundamental. González Viaña nos ofrece retratos inolvidables de las mujeres que han marcado los años peruanos de Vallejo. Una vez más utiliza con gran acierto las referencias a los poemas de Los Heraldos Negros y de Trilce. Las enamoradas de su juventud son al mismo tiempo personajes reales de una narración y sublimación lírica.
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Al lado de los amores, aparecen las grandes amistades. El narrador nos proporciona un cuadro muy eficaz de la “Bohemia trujillana”, ese círculo de escritores y artistas que afirma el protagonismo de la provincia peruana. La figura de Antenor Orrego, el primero que intuyó la grandeza de Vallejo, sobresale por sus calidades intelectuales y humanas.
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La utilización cuidadosa de los documentos es particularmente evidente en lo que se refiere a la pesadilla carcelaria vivida por el poeta. La trágica noche de Santiago de Chuco se reconstruye en todos sus detalles. Pero el tiempo lineal de la narración se altera continuamente, para dejar el paso a violentas inversiones. La deshora vallejiana impone su ritmo marcado por bruscos anacronismos. En estas páginas se manifiesta una compenetración admirable con los estratos más profundos de su poesía.
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Toda la novela, en sus distintos registros estilísticos, se halla iluminada por la prosa diáfana de González Viaña. El reto de transmitir la vida de uno de los mayores poetas del siglo XX se transforma en un triunfo literario, donde los recursos admirables del oficio están al servicio de un gesto profundo de amor. Vallejo en los infiernos. Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2009.
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